¿Dónde está Alberto Rodríguez Saá Junior?

Por Eduardo Gargiulo

 

La pregunta se ha instalado en los mentideros políticos a modo de intriga, pero también de preocupación.

Hace más de un mes que no aparece en los habituales reportes que brinda su padre, el gobernador, ni tampoco se lo menciona o muestra su imagen en las notas de la Agencia de Noticias gubernamental.

Su prolongada ausencia, y la falta de información al respecto, alimenta todo tipo de rumores. La más recurrente tiene que ver con su salud pero, hasta donde se sabe, el-hombre-que-habla-poco no padece ninguna enfermedad. Otros hablan de una licencia en el cargo de Secretario General, pero tampoco se ha informado oficialmente nada al respecto.

La falta de acompañamiento hacia su padre agitó la versión de una pelea entre ambos, por sus permanentes faltazos a la hora de tomar decisiones cruciales. Otros esgrimen razones más tribiales: «Se cansó de estar como ´florero´ al lado de su padre». Situación que habría permitido el crecimiento de la figura de la Jefa de Gabinete, Natalia Zabala Chacur, que en la práctica ha llenado el vacío dejado por el hijo pródigo.

La desaparición de la escena pública de Albertito o Alberto Junior para otros, se ha instalado como tema de análisis, en razón de ser para muchos el “sucesor natural” de la dinastía, aunque muchos ponen en duda su real capacidad de liderazgo para calzarse tamaña responsabilidad.

En este sentido, una versión ciertamente imposible de confirmar da cuenta que el hombre aceptó someterse a un coaching intensivo de “neuroliderazgo”, para adquirir competencias y habilidades imprescindibles para jugar en las grandes ligas. La formación incluiría un curso de oratoria y apoyo psicológico para vencer la timidez y el pánico escénico que sufriría el “heredero”. No suena para nada descabellado y hasta resultaría apropiado que lo hiciera.

Dicen, los que lo han tratado, que en la intimidad es una persona sencilla y afable. Pero que no le agrada dar notas y tampoco que le saquen fotos, por eso es tan difícil encontrar buenas imágenes de él en el archivo de Google. En eso es inflexible.

– “Nada que ver con el padre, que te infunde cierto temor y te apabulla cuando habla de historia o política. No, Albertito es re-simple. Le gusta hablar de fútbol y esas cosas”, dice una persona que ha compartido asados con el barbado funcionario.

¿Pero habla de política, larga alguna reflexión?

– No, ni idea. Yo al menos nunca lo escuché…

Un empleado que trabaja en una oficina aledaña a la Secretaría General tampoco tiene mucho para decir:

– Es muy respetuoso, pero callado. Buenos días, adiós, no mucho más.

– ¿Alguna vez les baja línea, les da alguna instrucción?

– No, casi nunca dice nada.

Su ausencia ha terminado por poner nerviosos a “influyentes” operadores de prensa del oficialismo, que inventan cualidades y virtudes que nadie conoce, del sucesor sanguíneo, tratando de levantar su figura para mantenerlo en el candelero, ante la falta de otros candidatos potables.

Es tan extraña y enigmática su figura que cuando se pregunta por él la mayoría calla o mira hacia el costado. No se sabe si por miedo o discreción.

Nadie discute que, después del gobernador, por chapa y apellido, es quien tiene mayor poder y maneja –además- un presupuesto millonario. En términos políticos le asignan responsabilidad en el armado de listas en 2019 y manejo total en la designación de funcionarios del actual staff. Hasta le adjudican haber “borrado” de la cancha a su tío Adolfo y a Gisella, quien alguna vez se imaginó primera dama. Pero a pesar de estos pergaminos, el-hombre-que-habla-poco nunca concedió una entrevista periodística. No se sabe qué piensa, cómo ve la marcha de la administración, qué opina de la contaminación mundial, si cree en los ovnis o el planeta Xilium o juega al ajedrez o al truco.

Encima que no habla, ahora tampoco aparece ni siquiera en las fotos. Justamente por sus problemas de timidez y falta de carácter, muchos, por lo bajo, fogonean la candidatura del ministro de Obras Públicas, Felipe Tomasevich, como “Plan B”.  Pero un asesor cercano descarta absolutamente esa alternativa, utilizando una original paráfrasis.

– Olvidate, dice. El Alberto eso no lo va a aprobar nunca, con todo lo que le pasó…

– ¿En qué sentido…?

– Te la hago corta: el que se quema con Poggi, cuando ve un Tomasevich llora…