El dolor de no poder ser y el acecho del sucesor

Por Eduardo Gargiulo

 

Mientras el común de los ciudadanos se debate en la supervivencia del día a día, casi sin margen para planificar la semana próxima, consumido por la asfixia económica y las deudas que se acumulan, en los círculos políticos hace meses que están inmersos en el análisis del escenario político que se avecina en 2021.

En otras oportunidades las llamadas elecciones de medio término, o legislativas a  secas, no iban acompañadas de la carga de dramatismo que le asignan a las que se vienen. Por varias razones objetivas que deprimen o excitan a los diferentes protagonistas.

En primer lugar, porque el invencible oficialismo emparentado con un mismo apellido los útimos casi 40 años, continúa dividido. Pero, además, porque el actual mandatario ya no puede aspirar a un nuevo mandato y no pudo instalar con fortaleza la figura del “heredero natural”, como debiera serlo Alberto Rodríguez Saá junior.Si a esto se suma una gestión que estuvo concentrada en el combate a la pandemia y en la que no sobresalen demasiados logros, el futuro cercano que avizoran en Terrazas les resulta inquietante.

Como tantas veces, confían que algunas inauguraciones despampanantes y bien publicitadas, como el Hospital Central o el anillo de circunvalación, ayuden a mejorar el promedio en la evaluación ciudadana. Complementado con la apertura del Plan de Inclusión y generosos créditos a distintos sectores, práctica de manual que nunca falló, esta vez la duda es saber si será suficiente, sin un candidato de fuste que capitalice lo anterior.

En el otro rincóonnn, aparece la acechante figura del senador Claudio Poggi, cuyo nombre se ha instalado en el imaginario colectivo como el “sucesor natural”. A fuerza de ubicarse tozudamente como la contracara del actual mandatario, “torearlo” todas la semanas y contar con el sostén de un interesante aparato mediático, el ex gobernador ha logrado convertirse en el principal opositor. Hoy, aquí, ahora, nadie tiene dudas: Claudio Poggi se postulará a diputado nacional en 2021. Sabe que un triunfo lo terminará de catapultar hacia la candidatura a gobernador dos años más tarde y reducirá las chances de otros posibles contendientes. Entre ellos, Alejandro Cacace, quien fue el último en ganar una elección, en las presidenciales de 2019.

No obstante el problema del ex gobernador no es un nombre, sino su principal socio electoral. El radicalismo logró eludir el desgaste de las internas con una lista de unidad, pero eso no significa que sus principales dirigentes conjuguen el verbo. Tanto Riccardo, Ceballos, Bonino, el propio Postiguillo y algunos más, también tendrían pretensiones de pelear por la diputación nacional. Un poco por ambiciones propias, otro tanto para no “regalarle” el espacio a Poggi, a quien consideran que ya tuvo su oportunidad en 2019 y ahora es el turno de ellos. “Nosotros lo acompañamos y pusimos todo. Somos la principal fuerza política de San Luis Unido, con peso territorial en los 9 departamentos. Ahora es él quien debe acompañar a un candidato de nuestro partido”, afirmó en off un alto dirigente radical.

Los chispazos producidos en el seno del bloque opositor del Concejo Deliberante capitalino, entre concejales de Avanzar y de la UCR, y la sospechosa llegada a la presidencia del cuerpo de Javier Suárez Ortíz, aliado al intendente Sergio Tamayo, desnudan estrategias de poder divergentes y alimentan las obvias desconfianzas.

Como si faltaran “invitados al convite”, este domingo se conoció que Enrique Ponce, tampoco descarta postularse a diputado nacional el año próximo, alineado en el mismo bloque opositor que integró cuando acompañó a Claudio Poggi en la fórmula para la gobernación. El ex intendente de San Luis fue incluso más allá, y deslizó que le gustaría participar de una interna abierta con Poggi y Ceballos para dirimir la candidatura a gobernador en 2023. (ver la interesante entrevista que concedió al periodista Daniel Poder en su blog de análisis político).

En este contexto, concliliar las apetencias de todos manteniendo la unidad del frente opositor, en términos electorales, no es tarea sencilla y representa un primordial desafío para los principales actores. Según prevalezcan las mezquidades particulares de unos u otros, o la grandeza de anteponer el objetivo común de llegar al poder, será la fortuna que el futuro les depare.

Hay quienes creen que la aprobación del nuevo cupo femenino y la decisión de que encabecen las listas de diputados las mujeres, tanto en 2021 como en 2023, fue una sobreactuación del oficialismo dirigida a “complicar” el armado de la oposición para los comicios del año próximo. Si fuera así, no parece ser suficiente, en caso que la ciudadanía mayoritariamente apueste a un cambio en los destinos provinciales.

Volviendo al oficialismo, la horfandad de postulantes que exhibe el Frente Justicialista y sus aliados ha llevado a que se lancen el ruedo diferentes análisis. Uno de ellos postula que el único candidato con chances de evitar la derrota en 2021 es el propio Alberto Rodríguez Saá. Imaginan que encabezando la boleta como candidato a diputado nacional vencería a Poggi o al radical que le pongan en frente, triunfo que genería tal debacle en la oposición que los debilitaría enormemente, permitiendo el surgimiento de un candidato oficialista que logre asegurar la continuidad en 2023.

El problema es si ocurriera lo contrario: si aún así perdiera, su poder político se diluiría a la mínima expresión los últimos dos años de mandato, precipitando anticipadamente el fin de la dinastía. Parece demasiado riesgoso como estrategia electoral.

Tampoco su hermano Adolfo enfrenta un panorama sencillo, aunque por otras razones. Luego de la derrota sufrida el año pasado, donde quedó desplazado al tercer lugar, su espacio quedó devaluado y atado a sus esporádicas intervenciones en la Cámara Alta. En Todos Unidos hoy las posturas se encuentran divididas entre los que proponen la consolidación de la fuerza política como una real alternativa, y aquellos que consideran que debieran retornar a las fuentes (PJ) o sumarse detrás de Poggi.

Los primeros creen que es necesario “formular un plan de gobierno que recupere los lineamientos de progreso y bienestar que supo encarnar Adolfo Rodríguez Saá”, generando una renovación dirigencial. Los segundos, en cambio, presienten con alta dosis de razonabilidad que en el próximo turno electoral la polarización podría ser tan brutal que fagocitaría a las terceras fuerzas. El enfrentamiento político-familiar que sostiene con su hermano, le impiden a Adolfo Rodríguez Saá aceptar esta última tesis.

Una reconciliación resulta inviable; acordar con oposición lo haría ver como “traidor a la causa”. El dilema pareciera ser insuperable. La sangría de dirigentes y legisladores que sufrió el último año ha sido devastador y llena de preocupación a los “armadores” de este sector que, encima, aún no logra inscribir su propio partido. Y ya se sabe: sin el cochecito no hay carrera posible.

Pasada la Navidad y el Año Nuevo, difícilmente haya lugar para el receso en los diferentes bunkers políticos. Cada sector vive con ansiedad y expectativa lo que se viene. La probabilidad de que el gobierno provincial, una vez más, desdoble las elecciones, provocando un doble gasto electoral que sobre todo impacta en las finanzas de la oposición, anexa una preocupación no menor. También se desconoce si perdurarán las Primarias Abiertas y Simultáneas (PAS) provinciales o no. Ambas decisiones constituyen ventajas estratégicas de quien maneja los hilos desde Terrazas.

Así está el panorama con miras a las trascendentales elecciones del próximo año, que estarán signadas por una economía en terapia intensiva, una ciudadanía angustiada por las carencias, con marcadas demandas hacia la clase política, y una rutina electoral que se debe cumplir inexorablemente.

De todos modos, al igual que una encuesta, la lógica de este análisis no es más que la fotografía del momento. En una Argentina y una provincia tan cambiantes e impredecibles, dentro de seis meses los hechos transcurridos podrían alimentar otro tipo de elucubraciones. Justamente es eso, la propia dinámica social, lo que convierte a la política en una ciencia tan atractiva como apasionante, aún a pesar del desprecio que generan su práctica y la actuación de algunos intérpretes.