El rumor, tan buscado como odiado en nuestra cotidianidad

Por Sergio Garis

 

Primera Escena:  el cuerpo – año 1965

Calle de pueblo chico de Córdoba. Hace poco que fue pavimentada. Cuatro vecinas salen a barrer la vereda a la misma hora temprana de la mañana de verano. Barren. Se miran. Se saludan. Escoba en mano convergen al mismo lugar y se desarrolla el diálogo:

– ¿Te enteraste lo de la hija de Paulina?

– No me digas que está embarazada!!

– Sí. Y lo peor, es que encima no se sabe quién es el padre…

– Ahhh… y parecía tan buena la Patricia… (la: en provincia de Córdoba se antepone el artículo al nombre propio. Costumbre regional).

Acto seguido, cada una sale con la escoba… y algo más hacia su casa. Cada quien sabrá lo que hará con esa información.

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Segunda Escena: Una fábrica – San Luis – año  2001

Se encuentran en un pasillo el jefe con un operario cuya palabra tiene ascendiente y credibilidad entre sus compañeros. Se entabla el siguiente diálogo:

jefe (J): Te tengo que comentar algo, porque es bueno que lo vayas sabiendo…

Operario (o): ¿Qué pasó jefe?

J: Pasó, no. Va a pasar. hay armada una lista con cuarenta nombres del personal que van a despedir. Viene dura la mano con la crisis. Guardátela para vos…

O: ¿Es cierto eso jefe?

J: Sí. Confirmado. Estuve en una juntada.

O: ¿Yo estoy en la lista?

J: No. Despreocupate. Mientras yo esté de jefe a vos no te van a tocar.

Se separan. Uno con la tarea cumplida. El otro, con una mochila pesada que la única manera de aliviar será comentar la «buena nueva» durante el corte para el almuerzo.

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Tercera Escena: La provincia de San Luis – 4 de julio 2020

Gobernador: Se ha producido un nuevo caso de coronavirus en la provincia. (…) es de la localidad de Tilisarao (…) Está en un hospital de Merlo (…) Pedimos al juez que se nos permita publicar la identidad de este hombre que ha dado positivo para coronavirus, y también su foto, para que quienes hayan tenido contacto con él nos informen y rápidamente podamos hacer el test».

Natalia Zabala Chacur, jefa de gabinete, daba la sentencia de la noche: “todo el territorio sanluiseño vuelve desde este momento a la fase 1 de aislamiento social, preventivo y obligatorio”. Frustración social general.

No había terminado el mensaje del gobernador cuando la foto y el nombre del contagiado circulaba por los grupos de whatsap a una velocidad inusitada. Se elaboraron cientos de memes. Se lo atacó y agredió cuanto fue posible a través de los medios digitales. Cada quien iba agregando argumentos. A su gusto. Porque la cuestión era pegar, herir, humillar, desollar, linchar.

En menos de dos horas no había celular en la provincia de San Luis que no hubiese recibido algo referido al tema. Si era cierto o no, no importaba. La cuestión central era demonizar al contagiado.

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En las tres escenas, a pesar de que suceden en momentos históricos diferentes, en lugares que nada tiene que ver uno con el otro, hay un elemento que es común a todas y las determina: encierran la característica de rumor.

No interesa si el medio donde se propaga es la familia, el grupo, los amigos, el vecindario, la empresa, la organización, la oficina pública, el hospital, la ciudad, la provincia, el país e, inclusive, el mundo en su totalidad en esta era de la multiplicación sobredimensionada de mensajes que en un segundo llegan de un extremo a otro del planeta.

Tampoco a quienes lo propagan interesa mucho si es verosímil o no. Porque tienen en claro que hoy, cuando pensamiento y acción están divorciados y se ubican en los polos de la verdad, cada quien cree lo que quiere creer y a quien considera que debe creer. Al receptor no le interesa si lo que llega es cierto. Lo que interesa es a quién se le pone el oído para que lo escuchado suene como una fina melodía o como el sonido más bizarro que se pueda percibir.

Dos de las escenas relatadas reflejan la propagación del rumor a través del medio físico que constituye la palabra hablada mediante la articulación del lenguaje, y responden a una época anterior a la que vivimos. No mucho tiempo atrás, pero el suficiente para establecer gruesas diferencias con lo que ocurre ahora.

La escena respecto del virus se produce  en el tiempo actual. Ha ocurrido en este mes de julio en la provincia de San Luis y pone en evidencia el  disparatado contagio colectivo que se puede desatar a partir de una información que, en principio, es correcta, pero que por sus repercusiones sociales puso en marcha la maquinaria digital individual del rumor. Sus consecuencias podrían haber sido catastróficas para una persona que, de repente, se encontró solo «peleando» contra toda la sociedad puntana que lo señaló con el dedo acusador de las redes. En muchos casos, la expansión de los rumores , funciona más como cloaca que como auxilio a las necesidades.

La primera escena, la de las escobas, representa el modo de vida de un lugar en un momento en el cual determinadas acciones eran condenadas. En la sociedad patriarcal la mujer no tenía (¿tiene?) derecho a ejercer con libertad su sexualidad y mucho menos quedar embarazada antes de firmar en el registro civil y pasar por la iglesia. Algunos lo toman como «chisme», pero prefiero categorizarlo como rumor porque parte de un hecho concreto, pero su difusión a través de los canales comunitarios produjeron escarnio en Patricia, a quien le inhibieron el derecho de  goce y la condena social la expulsa de su propio cuerpo y  no le permitió lucir su pancita por las calles de la población con la libertad que hubiese deseado. Ni hablar de una interrupción voluntaria… La inquisición medieval la hubiese quemado por hechicera.

La escena de la fábrica es común   que suceda en las empresas o en las organizaciones. Cuando se quiere implementar un cambio, desde las estructuras jerárquicas  se tira como «globo de ensayo»  para observar la receptividad que tendrá en el personal. Para ello se busca a los «transmisores», que son quienes inician la cadena y retransmiten el rumor a otros. Son comunicadores claves y los primeros responsables de la transmisión exitosa del rumor en la organización.

También se lo utiliza como medio de disciplinamiento social coactivo cuando, como en el ejemplo, se apela a la mención de un despido masivo, lo cual genera temor que se traduce en conductas individuales de todo tipo, con prevalencia de la mezquindad para sobrevivir en el lugar por sobre los valores  colectivos y solidarios.

Miguel Ritter en su libro «Cultura organizacional», escribe sobre el rumor en las organizaciones  y expresa que “cuando la radio pasillo comienza a ser perjudicial los directivos ordenan matar al rumor”, aunque la experiencia demuestra que eso no funciona. Si se lo reprime en un lugar, aparece en otro. Si despiden al autor, aparecen otros autores, como el monstruo de las siete cabezas en una leyenda muy conocida. Por ello no se puede erradicar. Es más, las organizaciones no pueden despedir a “radio pasillo” porque no la contrataron. Simplemente está allí.

Lo ocurrido en la provincia en la noche del 4 de julio admite numerosas lecturas. Eduardo Gargiulo, en el portal Apuntes de San Luis, efectuó una excelente interpretación en su artículo “Yo, el peor de todos”.

La opción de analizar el hecho en este escrito desde la perspectiva del rumor, implica decir que la sociedad puntana al escuchar que todo volvía a fase 1 consideró que perdía su libertad pero no podía decir nada contra la resolución. Los argumentos planteados desde el comité de crisis y el propio lord mayor de la provincia eran sólidos. Aunque la penalización a la sociedad era  interpretada como desproporcionada.

Esta frustración colectiva originó que haya sentimientos que se debieron mantener acallados. Se sabe que esa represión emocional tiene efectos secundarios negativos en las personas y la catarsis a través del rumor contribuye a descomprimir este tipo de ansiedades. Es decir, en este ejemplo, el rumor constituyó un fuerte mecanismo de liberación de estrés. Aunque pocos fueron conscientes del daño que se pudo causar.

El rumor tiene un contenido explícito y otro latente. También tiene como punto de partida un hecho real, pero distorsionado. Las estructuras sociales funcionan como sustratos de la situación de crisis, la que se caracteriza por un estado de anomia o desintegración social, explica Pichon Riviere en su libro Psicología de la Vida Cotidiana. Agrega que en ese marco, la violencia subyacente producida por la acumulación de frustraciones prepara el clima del cual emerge -sobre un hecho real pero desplazado y modificado- esa pareja del transmisor – receptor.

Si consideramos a la persona como un emergente que se configura en una trama compleja en la cual se entretejen los vínculos, decimos que la subjetividad está determinada histórica y socialmente por esas relaciones. Es decir, somos producto de la sociedad en la cual estamos insertos, en un determinado momento histórico.

Quizá, si tomamos esa definición como punto de referencia, podemos empezar a entender el porqué de esa reacción colectiva plagada de rumores, que se apagó en 24 horas cuando se decretó la apertura de las actividades, tras el globo de ensayo que implicó “encerrar” de nuevo a los habitantes en sus casas.  Tal vez esa decisión respondió más a la medición del humor colectivo que a las razones que lo sustentaron.

A modo de cierre se puede observar que las escenas relatadas siguen una escala que va de lo particular a lo general. La primera trata lo singular, el sujeto, la intimidad del cuerpo. La segunda se detiene en una escala intermedia como es lo organizacional, las instituciones y las relaciones de poder que la determinan. La tercera arriba a un plano comunitario que abarca a una provincia entera. El rumor en la cotidianidad condensa planos de la intimidad de lo privado y de lo público, o de lo singular y lo colectivo. Es omnipresente. Pero… me parece que falta algo…

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Escena 4: enero de 2020

¿Sabés qué? Leí que en China se detectó una enfermedad llamada COVID – 19 o coronavirus, que se va a transformar en una pandemia.

No lo creas. Son rumores…

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Agradecimiento del autor: a mi amiga Silvia Ortuzar, que realizó la corrección de estilo.

Publicado en: elsemiarido.com