La sociedad de la sospecha

Por Carlos De Angelis

 

Todo el mundo proclama que «hay que generar confianza», pero en estos días parece ocurrir todo lo contrario en el país.

Sospechados los unos a los otros. Siempre se habla de la necesidad de generar confianza, en especial cuando las referencias son sobre la economía, la actuación de los agentes económicos en general y los cálculos de los inversores. Lo contrario de la confianza obviamente es la desconfianza.

“Hay que generar confianza” pontifican Tirios y Troyanos en los medios de comunicación. Pero en estos días parece ocurrir todo lo contrario, se agudiza la sospecha. Globalmente hablando, la desconfianza sobreviene cuándo cuando las reglas del juego (las que se trate) parecen de difícil cumplimiento. Pero la sospecha va mucho más allá porque se imputa al otro la intencionalidad de buscar producir un daño en forma consciente y premeditada.

Si existe un lazo invisible que une a una sociedad basado en la previsibilidad del accionar de los demás (como sucede con el tránsito), la sospecha es el camino más veloz para la descomposición. De existir un juego social en donde se establecen algunas reglas para convivir lo mejor posible, sospechar que algunos evaden estas reglas en forma premeditada para su provecho personal es un claro incentivo a hacer lo propio.

No es del todo sencillo encontrar la génesis del estado de sospecha generalizada y permanente que se instaló en Argentina. Es probable que las grandes crisis económicas, sociales y políticas, arrancando con el Rodrigazo del 1975, la hiperinflación de 1989/90 y el derrumbe del país de 2001, hayan sido aprendizajes acelerados de supervivencia, a la vez que en cada momento cientos de miles de familias quedaban marginados a los costados de la ruta. Obviamente esta lenta fragmentación social es una situación de mucho dolor, pero también “enseñó” a muchos sobre las armas del individualismo y del sálvese quien pueda.

Pero además de las grandes rupturas se sucedieron y suceden pequeños sobresaltos como devaluaciones, cambios en las reglas permanentes, situaciones de inseguridad y ascenso veloz del desempleo y la pobreza que fueron reforzando mecanismos de autodefensa y de distancia con sentimientos solidarios, el bíblico “haz bien sin mirar a quién”.

Muchos recordaron en estos días la película Plata Dulce que muestra la crisis del final de la tablita del dólar de Martínez de Hoz en la dictadura militad de Jorge Rafael Videla. Esta película clave explicó como pocas en leguaje de la tragicomedia el destino circular de hundimiento/renacimiento del ser argentino.

La frase «no tengo pruebas, pero tampoco dudas» expresa como pocas el clima de época El juego de la lágrima. La sospecha no es sólo un juego mental si no que trae efectos prácticos. El más curioso en estos días se da entre los productores que han guardado soja en sus silos y el equipo económico. Si los operadores sospechan que una devaluación es inminente seguramente van a esperar a que se produzca para vender su stock.  También se observó en situaciones puntuales como la fallida intervención/estatización de la empresa Vicentín, muchas personas que desconocían la existencia de este grupo se pusieron inmediatamente en contra porque sospecharon que era el inicio de otra cosa. Esa “otra cosa” es la desconfianza agudizada sobre el accionar de un gobierno. El juego del prisionero llevado a escala país. Los sospechosos de siempre.

Obviamente que la sospecha más habitual opera sobre los políticos y en especial sobre quienes tienen que ocupar los gobiernos. El estado de sospecha cruzada es combustible diario para la grieta, y finalmente para la antipolítica. Durante el kirchnerismo se decía que este movimiento político. “habían llegado con el objetivo de terminar con la clase media”. Este pensamiento expresaba el deseo de convertir al país en un territorio de pobres, teóricamente más gobernable, ser “Venezuela” por intencionalidad. Durante el macrismo la expresión de la sospecha fue que “vinieron a hacer esto”. La frase misteriosa planteaba que el elenco gobernante no era otra cosa que un grupo de amigos que utilizarían el poder para resolver sus negocios. Los simpatizantes y minorías intensas de cada espacio política utilizaron (y utilizan) estos lemas a diario para intentar excluir del juego político a sus adversarios, elevados a rango de enemigos.

Cómo se sabe, la sospecha no requiere de ningún tipo de comprobación. En este contexto, el concepto de “bienestar general” que plantearon en sus tiempos los teóricos liberales quedó definitivamente enterrado. También el sistema de sospecha invalida todo tipo de acuerdo o política de Estado. Nadie aceptaría acordar con un grupo político que enmascara una asociación ilícita. Por supuesto al interior de las dos grandes coaliciones de gobierno/oposición las desconfianzas cruzadas parecen estar a la orden del día. Ahora es el turno del Frente de Todos. Solamente en un tipo de oscuridad como esta pueden circular teorías conspirativas que esgrimen ya no las granjas trolls sino laureados analistas como el plan secreto para que Máximo Kirchner pueda asumir la presidencia en breve, planteo que es aceptado por muchos como una realidad inminente.

Posverdades y posmentiras. No es extraño que en un clima social de incredulidad permanente y total ingresen fácilmente las fake news y las false news que confirman las creencias de una gran conspiración con un centro móvil que puede ser Georges Soros, Steven Bannon, Wall Street, Facebook o cualquier otro agente que se presume que tiene el poder para “mover el amperímetro”.

En épocas de sospecha vuelven a valorarse los recursos y pensamientos mágicos. Quizás los años setenta en la Argentina evidencian como pocos que en una situación como la que se vivía en aquellos días, pudiera emerger un personaje oscuro como José López Rega, “experto en ciencias ocultas”. La sospecha generalizada es lo contrario a la transparencia y contribuye en logran instalar la inquietud generalizada y el miedo porque todo puede pasar, hasta la hipótesis más alocada se puede volver real.

Salir de este estado permanente de sospecha que lleva a la indignación cotidiana es un paso prioritario para la reconstrucción social, pero con pocos interesados para que esto ocurra.

*Sociólogo (Perfil)