Periodismo de mala y buena ley

Por Washington Uranga

 

En las últimas semanas, se divulgaron informaciones reveladoras. Mientras el gobierno macrista pregonaba institucionalidad, republicanismo y respeto a la democracia, utilizaba el aparato del Estado, a través de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), para espiar de forma ilegal a ciudadanos y ciudadanas. Es necesario procesarlo y precisarlo para comprenderlo en su real dimensión. Se trata de la violación de los derechos básicos de la ciudadanía. Vale destacarlo pues se trata de un hecho mucho más relevante que describir si las víctimas son dirigentes políticos, militantes sociales, periodistas, obispos o sacerdotes. Por ese motivo, desde una perspectiva de derechos y de defensa de la democracia, el repudio a este tipo de acciones debe ser general e indiscriminado y de solidaridad con la totalidad de los afectados, al margen de cualquier actitud corporativa.

Aceptar que el ultraje es igualmente grave cualquiera sea la víctima, tan solo por el hecho de ser ciudadano e independiente de su condición, su tarea o su responsabilidad, es constituyente de la vida en democracia.

También caben análisis sobre las tareas específicas que desarrollan las personas que fueron objeto del espionaje y en particular, la situación de los y las periodistas.

Desgraciadamente, en tiempos de dictadura y de gobiernos autoritarios, los espionajes a periodistas eran considerados habituales y hasta «normales». En períodos democráticos, quisimos pensar que esto no seguiría ocurriendo y, al menos en nuestro país, cuando se presentaban tales atropellos se atribuían a la forma incorrecta e insuficiente que se sanearon los organismos estatales encargados de la seguridad y la vigilancia. La democracia, decíamos entonces, no se dio aún los mecanismos para apartar a quienes persisten en métodos reñidos con la nueva institucionalidad y se necesita tiempo para reorientar y alinear a algunos sectores del Estado con la gigantesca tarea desplegada por los organismos que creaban una perspectiva de respeto integral a los derechos humanos.

El periodismo también se vio afectado entonces por la llamada «mano de obra desocupada» que vendía al mejor postor sus “servicios” fundados en malas artes y a los cuales, no les faltaron contratantes de todos los pelajes y colores.

Sin embargo, que un gobierno democrático se sirva del Estado para espiar periodistas, resulta aún más repudiable. No solo se han vulnerado vidas privadas con la clara intención de presionar y condicionar sino que, en no pocos casos, buscaron desacreditar y condenar a quienes pensaban diferente al poder de turno. Esto es lo que hizo el gobierno de Mauricio Macri. Mientras se llenaba la boca de palabrerío democrático e institucionalista, una expresión más del cinismo que caracterizó toda la gestión de Cambiemos, usaba al aparato del Estado para violar los derechos de ciudadanos y ciudadanas.

No menos grave para la profesión ha sido el silencio y la complicidad con la que empresas periodísticas y profesionales de la comunicación acompañaron estas maniobras. Resulta desde todo punto de vista injustificable que los periodistas que se llenan la boca o despliegan editoriales con discursos democráticos no hayan tenido el más mínimo reparo, ni dignidad profesional y mucho menos ética ciudadana, para utilizar fuentes espurias y viciadas difundiendo falsas informaciones, manipulando audiencias y provocando daños sin reparar en los damnificados; con el solo y único propósito de servir a sus fines o a los de sus mandantes. Todo vale para quien considera irrelevante justificar las fuentes o no tiene escrúpulos para argumentar que el material utilizado fue hallado «de casualidad» junto a un árbol en los bosques de Palermo, mientras trotaba alegremente haciendo ejercicio.

A pocos días de haberse conmemorado el Día del Periodista, puede decirse que algo huele mal en la profesión que está careciendo de autocríticas.

Y recordar y recordarnos que sin ética no hay periodismo. En este difícil momento para la profesión, no se puede perder de vista aquello que, en algún momento, escribió Gabriel García Márquez: “la ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón”.

También, es una buena oportunidad para traer a cuento a otro maestro del género. Tomás Eloy Martínez afirmaba que «una de las secretas fuerzas del periodismo de buena ley es su capacidad para fortalecerse en la adversidad, para soslayar las censuras y las mordazas, para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumisa cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen». Hagamos periodismo de buena ley. Lo necesita la democracia.