Salvar el fuego o la imposibilidad de duelar tanta pasión

Al cumplirse este jueves el primer aniversario del fallecimiento de la ex vice intendenta Verónica Bailone, su hermano la recuerda por todo lo que dejó como legado a su familia, amigos y compañeros de lucha.

Por Matías Bailone

“Los tiempos del duelo jamás respetan la uniformidad del cronómetro, pero son capaces de hacer de los números voraces máquinas de tiempos im/posibles”. Virginia Cano.

Las ausencias que nos dejó la pandemia en curso tienen el sino terrible de cierta fatalidad, donde los números de los fallecidos engrosan listas y estadísticas y donde el duelo se vive en la privacidad de cada hogar. La suma de dolores de todos los familiares de las víctimas fatales nunca podrán ser un número, sino un aullido interminable de dolor.

Se puede pensar que estos tiempos aciagos cambiaron nuestra percepción del dolor y de las ausencias, pero el dolor no se transmuta por los cambios sociológicos, sino que es perennemente subjetivo.

El duelo de las personas cercanas y amadas es siempre permanente, aunque intermitente. Uno no puede curarse de un duelo como si fuera una dolencia física o psíquica que se pueda tratar. Hay que aprender a convivir con el dolor. Pero también con el sentido de la sobrevida de los duelantes. Aunque ambas se superpongan y se entrelacen de modos inextricables.

Se cumple un año del día en el que el horror tomó nuestro cielo por asalto, de cuando nuestro horizonte se tiñó de irrealidad y negación. Estoy hablando de cómo en mi familia estamos transcurriendo los días sin mi hermana Verónica Bailone.

Estas últimas semanas se han proyectado, como en una escabrosa película de terror, todas las imágenes, el pánico y el desasosiego de aquellos días donde todo nuestro universo se concentraba en salvar la vida de mi hermana.

Desde el ignominioso mes de julio de 2019 en que le diagnostican la enfermedad que ella no temió en nombrar y enfrentar arriba de un ring, el objetivo de la vida de nuestra familia y del amplio espectro de amistades y cariños que Vero había sabido cultivar con dedicación y sacrificio, fue la de estar al lado de ella en esa pelea desigual e injusta en que la vida la metió.

Con mis padres ya no creemos en ningún pensamiento mágico o religioso que facilite una cobertura de consuelo o de justificación al horror que vivimos. Ningún dios, por más sádico y cruel que sea, puede justificar la injusticia del mundo, la que nos lleva a pensar en el sentido total de nuestras existencias. Ahí el dolor es más real que cualquier otra cosa, y todo el amor que tenemos por el ser amado que perdimos, se transmuta en tristeza profunda y de amplias raíces en nuestro pecho.

Sin embargo, con mi hermana han sucedido un sinnúmero de expresiones de dolor y amor, de recuerdo y memoria, de homenaje y duelo, que no son comunes a todas las pérdidas trágicas que todos los días suceden en la sinrazón de este mundo cruel. Y muy especialmente en estos tiempos pandémicos.

Nosotros, como padres y hermano de Vero, agradecemos y nos enorgullecemos de todos los homenajes a su figura. Porque son expresiones de lo que ella sembró, de toda la pasión que puso en su residencia en la tierra y en el siempre amoroso cuidado por los otros. Todas marcas registradas de su personalidad lumínica que quedaron ausentes después de su partida.

Pero también son expresión de cómo la tristeza por no tenerla entre nosotros, el dolor de constatar su ausencia es un sentimiento compartido por muchas y muchos que así lo demuestran. Es lo que ella construyó, desde pequeña, siempre estuvo volcada a los otros. Siempre fue consecuente con su marco ideológico, que podríamos resumir en –como ella decía- “ser muy amiga de sus amigos/as”, y considerar a la amistad como algo que entregaba sin exigir nada a cambio y un mote que distribuía entre aquellos que necesitaban su ayuda o su palabra.

Es muy difícil, cuando se sufre tanto, no darse cuenta del ensimismamiento. El dolor, decía Barthes, nos vuelve soberbios. Pensamos que nuestro dolor es único o superlativo y nos olvidamos de que la realidad es por antonomasia un lugar de tragedia permanente y sin sentido.

El calendario nos recuerda el continuum de días y de aniversarios, y el dolor no aminora cuando no se está en estas fechas particularmente luctuosas, pero demuestra que ese dolor es lo más real que nos queda después de pérdidas de este tipo. Va tejiendo raíces profundas muy dentro nuestro, y la nostalgia y la melancolía son el sustento de esa planta que invade todo nuestro ser.

Todo lo que sobrevivió a Vero me genera rechazo, especialmente mi propia supervivencia, el hecho de habitar un mundo en donde ella no está, y de seguir dialogando con la realidad en sus múltiples formas de atraparnos. Nada ofende más la cotidianeidad del duelante que la vida siga como un río infatigable por las arterias de los días.

Pero los amores de Vero están acá con nosotros, somos parte de una comunidad de amor y tristeza que nos une con ella para siempre. Comenzando por la obra más grande de su legado, que es Lisandro, su hijo, que cumplirá cuatro años en unos meses, y que configuró con Vero una especie de ser mitológico donde la correspondencia y reciprocidad entre ellos era la forma de entidad conjunta. Llamo “Verisandro” a esa imagen que recorre las redes y que es el afiche de uno de los documentales que están haciendo en su memoria, ese retrato de espaldas de Verito y Lisandro que, recorriendo las calles de su querida Villa Mercedes, se unían de la mano como un conducto de savia de amor. Con mis papás comentábamos la cantidad de fotografías que los retratan en ese momento de mutua alimentación y de conexión por fuera del tiempo.

Porque cuando alguien con la potencia de existencia de Vero se nos va trágicamente de nuestro lado, sentimos inmediatamente, y con el correr de los meses sólo se acrecienta, la energía de su ausencia, como un agujero negro que todo lo consume. Pero con Vero, y con el amor que su entorno y una ciudad le brindan, sentimos además una energía de presencia que remite a las formas amorosas en las que ella se movía día a día. Su presencia se transmutó en otras fenomenologías, pero son igualmente pletóricas del amor y la pasión que ella le ponía a todo.

Pero ningún artificio de la memoria, ningún memorial contra el tiempo, pueden ofrecer las funciones del consuelo. Sólo manifiestan esta conjunción de amor/dolor por una figura que dejó huellas profundas en cada lugar donde sus días se distribuyeron.

Me considero un sujeto afortunado, por haber nacido en un hogar donde me instruyeron valores, donde nos enseñaron a mi hermana y a mí el sentido de la dignidad, del compromiso y de los afectos. Tanto amor nos enseñaron, nuestros padres y abuelos, que aún pensamos en la familia como ese núcleo que formaron Abel y Luisa. Somos un clan de cuatro, nunca podremos pensarnos sin Vero.

Considero que nací, con ya tres años encima, un 19 de agosto de 1983, cuando pude ver la fragilidad de un ser de maravilla y luz que no podía adaptarse al mundo y por eso tuvo que estar en una incubadora. Había que adaptar el mundo a una presencia tan carismática y atrayente. En todas nuestras fotos familiares, Verónica siempre es el centro de la escena, el punto de gravedad sobre el que gira toda la dinámica familiar.  Siempre atrajo todas las miradas y todos los corazones. Así siguió siendo en cada etapa de su intensa vida.

Puedo dar testimonio de que no hubo ruptura alguna, sino continuidad directa entre su cosecha de amistades fieles y leales y su militancia social y política. Por eso vivió la política, como todo lo que hizo en su vida, con un fuego abrazador que simbolizaba su pasión sin límites y su entrega genuina y desinteresada.

Jean Cocteau decía que, si su casa se incendiara y sólo podía salvar una cosa, decidía salvar el fuego. “No tendré dónde vivir, pero el fuego vive en mí”, decía el poeta francés.  El dolor no tiene sentido y nunca lo tendrá, y las tintas nunca nos darán sosiego, pero pienso que Vero es una presencia más que contundente entre nosotros, entre quiénes todavía le contamos nuestras cosas, y le lloramos frente a sus retratos, y le pedimos que nos siga acompañando.

Salvar el fuego es rescatar la pasión con la que ella vivió toda su colección de instantes, todas sus relaciones interpersonales. La pasión por ayudar al otro, el fuego que nos ilumina el camino de una militancia de solidaridad y el afecto puesto siempre como primera premisa. Aún en el dolor y la angustia de los últimos días, aunque sean imágenes que busco opacar en el concierto de mi memoria, ella estaba preocupada por solucionarle los problemas a mucha gente o en preguntarle a las enfermeras por sus propias vidas y sus sueños.

Mayakovski decía en referencia a Lenin, que hay muertos que están más vivos que todos los que caminan por la tierra. Salvando las distancias también nuestra poeta porteña, Eladia Blázquez, decía que no es lo mismo vivir que honrar la vida. Verónica está más presente en nuestra cotidianeidad que muchos que vivimos vidas apagadas y nadie puede dudar de que honró cada momento de sus 37 años con una intensidad ardiente y pasional sin igual.

Me considero afortunado porque ya con tres años de estancia en este mundo pude conocer la luz que Vero nos trajo a cada uno de los que la lloramos con desazón. Y porque la sigo viendo, obviamente en Lisandro, que tiene toda la savia profunda de su raíz, pero también en mi madre y en mi padre. Mejor dicho, en nuestros padres. Abel con su fortaleza de antaño hecha añicos por un contrincante despiadado, brutal y sádico, como es la vida, pero aun encontrando en el ejemplo de Vero la enseñanza a sobrevivir. Luisa con su conexión fuera de tiempo con Vero y con la determinación de seguir los pasos de su hija adorada. Nosotros tres estamos impregnados de la enseñanza de vida y de lucha de Vero. El almanaque se invierte y ella materna a nuestra madre, paterna al campeón del ring y por esos mismos artilugios del duelo, se convierte en mi hermana mayor, en mi guía y en mi sustento.

La orfandad de amor de este año siniestro sin Vero sigue aumentando nuestra tristeza y dolor, pero también nos compromete a salvar ese fuego intenso que dejó expresado en el fulgor de su mirada y en la limpidez de su sonrisa. No hay lágrimas que puedan limpiar el dolor desde dentro, como dice Florencia Güiraldes: (solo) “hay un incendio en mis párpados / para decir incansablemente / la misma llaga”.

Buenos Aires, 2 de septiembre de 2021.

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Este jueves a las 11 horas, se realizará la apertura de una muestra fotográfica en homenaje a la ex viceintendenta Verónica Bailone. La actividad está enmarcada en el «Día de concientización política: reflexión, empatía y humanización» y tendrá lugar en el ingreso del HCD.