Tal vez sea hora de cambiar el libreto

Por Eduardo Gargiulo

 

Hasta pocos meses atrás nadie discutía las decisiones del Comité de Crisis. Cada informe del gobernador era esperado con mezcla de devoción y ansiosa curiosidad. Su palabra infundía respeto, seguridad y elocuencia, respaldado técnica e intelectualmente por los especialistas que le rodean. Su imagen era la del abuelo-estadista-protector que sabe lo que hace y que todo lo resuelve por el bien del conjunto. No tardaron en aparecer los “espontáneos” pasacalles de agradecimiento por “cuidarnos a todos”. No había nada de qué preocuparse. Durmamos tranquilos, Alberto nos cuida.

Aquel Alberto y el nuestro coincidían que entre la opción economía y salud optaban por la última. Si la gente se contagia o se enferma puede morirse, los negocios hay que cerrarlos, entonces no va a haber consumidores. Lógica pura. Encuestas de imagen les daban la razón.

De pronto, nadie sabe bien en qué momento, el hechizo se rompió. Primero fueron los camioneros. Después los productores. Se sumaron los trabajadores de la salud, luego los comerciantes, los independientes, sectores de la oposición. Todos empezaron a quejarse, a cuestionar, muchos ganando el espacio público. El maldito virus, controlado hasta entonces, logró no solo colarse sino sacar chapa de ciudadanía puntana.

¿Los casi ochocientos casos actuales significa que todo lo hecho estuvo mal? ¿Qué hemos fracasado? Quien eso piense, desde la buena fe, está equivocado. Quien lo haga por otros intereses, es un oportunista. Por dos razones: primero, por la inversión del razonamiento: ¿Cuántos más casos tendríamos si no se hubieran controlado desde un principio la circulación y el desarrollo de las actividades?; segundo, porque el gobierno no distribuye, inyecta ni transmite el virus, sino los propios infectados. Si hay más casos, es porque más gente lo tiene y lo contagia, porque ni unos ni otros nos cuidamos lo suficiente. Es decir, la responsabilidad, en tal caso, es nuestra, como entramado social.

Sin embargo, tal como ocurre a nivel nacional, un buen día la sociedad se polarizó. De un lado los defensores de la cuarentena, del otro “los anticuarentena”. Como si faltaran motivos de confrontación, la estrategia de salud se transformó en tema central de una nueva grieta en la discusión colectiva. Imagen en baja de aquellos que nos cuidan. Nuestro Alberto prefirió borrarse una semana a pensar, y reapareció en los últimos días. El otro ayer directamente puso un video para comunicar la extensión de la cuarentena.

Para entender porqué fluctúa tanto la sociedad entre el mayoritario apoyo del principio y el extendido cuestionamiento actual, tal vez haya que remitirse a un concepto que instauró el pensador español José Ortega y Gasset: Yo soy yo y mis circunstancias. Lo que se hizo en los primeros meses de la pandemia fue lo correcto, había que ganar tiempo para fortalecer el sistema de salud, comprar insumos, respiradores, barbijos, alcohol, concientizar a la población, etc. Para prevenir la expansión del virus se optó por restringir la circulación de personas, por eso la cuarentena. La población respondió más o menos bien. La educación se readecuó remotamente, llegó el teletrabajo, los subsidios para las actividades independientes y para las empresas, pero –convengamos- pocos pensaron que este contexto se extendería tanto.

A exactamente seis meses desde que se dispuso la primera cuarentena obligatoria, numerosos sectores de la sociedad que no dependen directamente del Estado para su subsistencia diaria, llegaron al límite de su tolerancia. Demandan flexibilizar controles y requisitos, reabrir sus comercios, circular y trabajar, porque sienten que antes que contraer el Covid se enfermaron de pobreza. Su problema actual no es el coronavirus, porque no se contagiaron, sino el gobierno, que no los deja trabajar y ganar su sustento. Para muchos, la pelea no es contra un “enemigo silencioso”, sino contra un Estado presente, concreto y palpable, que encarnan el Presidente, el Gobernador, el Intendente. Ellos son nuestro enemigo, piensan en la intimidad.

¿Es todo tan así? ¿La gente que quiere trabajar se volvió loca y no le importa enfermarse porque se siente inmune? ¿O simplemente necesita generar recursos para pagar sus cuentas y poder vivir? ¿El gobierno pretende controlarnos porque nos quiere cagar la vida a todos? ¿O realmente está preocupado porque el virus se descontrole y haga colapsar el sistema de salud?

Seguramente el Comité de Crisis haya cometido equivocaciones, pero eso no lo hace responsable de todos los males ni tapa el trabajo realizado por médicos, especialistas, enfermeros, trabajadores sociales, que vienen realizando un esfuerzo descomunal día tras día. No sólo en la atención de enfermos, sino en la tarea compleja y exhaustiva de realizar la trazabilidad de cientos de casos o el hisopado de otros tantos o analizando quinisientas muestras cada día.

Es imprescindible abandonar las miradas binarias y las posturas cerradas que a nada conducen. De una y otra parte. Los primeros, ceder la agresividad. El gobierno, asumir que las circunstancias cambiaron y demostrar la suficiente capacidad para adaptar las normas al nuevo contexto. Alguien dijo alguna vez que no hay respeto hacia otros sin humildad. Recuperar la sana práctica de esa virtud seguramente ayudaría a restablecer un diálogo fecundo.

Por ahí haya que pensar que aquellas asignaturas, Economía y Salud, dejaron de ser optativas. Ahora cambió el plan y ambas pasaron a ser de cursado obligatorio. Encima simultáneas y correlativas para poder luego cursar el seminario de Convivencia y Sentido Común.

Nada es para siempre, canta Fabiana Cantilo, aunque en este caso nadie puede predecir cuánto más va a vivir entre nosotros este incordioso virus. No obstante, nunca nadie dijo que éste sea el fin del mundo.

Mientras tanto, tal vez sea hora de serenar los ánimos, tender más puentes de diálogo y cambiar el libreto seguido hasta ayer. Ni los comerciantes son locos suicidas ni el gobierno es una tiranía que se come los niños. Dejémonos de joder.