Un hombre ojeroso aguarda un veredicto dramático

Por Ernesto Tenembaum

Ese hombre que habló varias veces durante la campaña electoral de sus ojeras, de su exceso de peso y de su insomnio, ese presidente inesperado, ¿recibirá esta noche un diagnóstico terminal, un anuncio de que tiene los días contados, una partida de defunción anticipada? Toda elección contiene una pregunta sobre el futuro y tal vez esa sea la más importante de las que sobrevuelan las elecciones primarias que se realizan en el día de hoy. ¿Fue efímero ese fenómeno extraño llamado “albertismo”, duró lo que un suspiro? Esta noche, ¿empieza a terminar el tiempo de un presidente extraño, que nunca llegó a ser presidente, o al menos no llegó a ser un presidente clásico, salvo por un muy breve período de tiempo donde pudo ocupar a sus anchas el sillón -la silla eléctrica- donde estos se sientan?

Desde el mismo momento en que Alberto Fernández fue elegido por Cristina Kirchner como su candidato a presidente -en una fórmula donde ella sería la vice, controlaría el Congreso y gran parte de su Gabinete- se instaló alrededor suyo la imagen del títere, que sería repetida hasta el cansancio. Un precandidato a diputado lo dijo con todas las letras en el acto de cierre de campaña de la alianza opositora en la provincia de Buenos Aires: “Títere e impotente”. Esa desmesura, por decir lo menos, fue ovacionada por los principales referentes de la coalición opositora. Pocos días antes, en un canal de televisión se bromeaba con una marioneta que hacía las veces del Presidente. En columnas destacadas se lo definía como un títere al que se le ven los hilos.

Esa imagen, esa idea, naturalmente, es controvertida, opinable, de un gusto discutible, de un tono poco respetuoso, un cliché, una expresión de pereza analítica. Se podría argumentar hasta el cansancio si Fernández es eso, lo contrario, o combina, de manera variable según el momento, independencia y sumisión. Porque las cosas, en verdad, son mucho más complejas que esa imagen. Pero lo cierto es que, como presidente, asumió con mucho menos poder que cualquiera de sus antecesores. Y que eso se lo hicieron sentir no solo desde la oposición, que sería lo de menos. Una y otra vez, con cartas públicas, irrupciones intempestivas, faltazos a actos claves, retos frente a todo el país, la misma Vicepresidenta, y su exótico heredero, le avisaron que estaba de prestado, pendiendo de un hilo.

Un presidente sin poder, o sin el poder de un presidente, es siempre una incógnita, un mal presagio, un motivo para dudar. Se supone que un presidente, cuando se sienta a negociar con alguien, debe tener la última palabra, debería poder imponer sus convicciones. Mucho más si debe enfrentar una situación difícil, que era lo que le tocaba a Fernández. Nadie puede operar el cerebro o el corazón de un paciente si, en medio de la cirugía, debe consultar cada paso a sus colaboradores o, peor, hay gente en el quirófano que le mueve la alfombra donde se apoya, le sacude el brazo que empuña el bisturí. Se supone, además, que si alguien elige a otra persona para que presida el país debe apoyarlo, fortalecerlo, construir con él una relación con pocas fisuras, o al menos con pocas fisuras visibles. No fue lo que ocurrió.

Cuando asumió Fernández, con su poco poder, la Argentina venía además de diez años sin crear puestos de trabajo, con una restricción externa asfixiante, con una inflación récord y creciente, con casi dos años consecutivos de corridas angustiantes en contra de la moneda nacional. Lo recibía una sociedad golpeada, temerosa, empobrecida, en un país que se había quedado sin reservas, y había contraído un endeudamiento monstruoso. Encima, cuando Fernández empezaba a gobernar, a los pocos días una pandemia aterrizó sobre el planeta.

La economía se frenó de golpe, luego de dos años en los que ya estaba en caída libre. Decenas de miles de personas empezaron a morir y cientos de miles quedaron sin trabajo. La sociedad entró en un período de dolor, perplejidad, enojo y pobreza.

Los últimos presidentes de la Argentina han tenido la poca grandeza de explicar sus fracasos sólo en base al contexto: la herencia recibida, el mundo que se viene abajo, la oposición golpista, los medios hegemónicos. Ellos no tuvieron nada que ver. Sus errores fueron menores. Los dos grandes referentes de la nación -CFK y Macri- no paran de hablar, explican cómo ellos resolverían lo que no supieron, pudieron o quisieron cuando les tocó el turno, levantan el dedo, insultan a los demás, no se miran nunca al espejo. A ninguno de ellos les tocó la herencia económica que recibió Fernández. Ni tampoco una pandemia. Fernández tendrá, entonces, si termina fracasando, muchas más excusas que los anteriores.

Pero, en todo caso: ¿de qué servirían las excusas? Un presidente es elegido para que resuelva los problemas, los que haya, no para que explique por qué no pudo resolverlos. Y cuando no lo logra, es el chivo expiatorio de todos los fracasos. Aparece un diputado insignificante y grita: “Títere e impotente”.

Son las reglas.

Si a alguien no le gustan, no debería haberse postulado para ese cargo que siempre ha sido imposible, y ahora más que nunca.

Tal vez el principal pecado del hombre ojeroso que esta noche espera un veredicto fue no haber sido fiel a la mejor imagen de sí mismo. Hubo un momento, un breve y efímero momento, en el que Fernández fue el líder de un país. En esas pocas semanas pudo proyectar la imagen de un presidente que se rodeaba de toda la dirigencia política y, apoyado en un consejo de científicos muy destacados, lideraba una epopeya sanitaria. De repente, un país dividido y atemorizado encontraba un líder que construía consensos y serenidad en un momento de angustia. ¿Por qué Fernández dejó de ser eso? ¿Por qué no lo era? ¿Porque se trataba de una impostura? ¿Porque la Vicepresidenta le impuso su propia agenda que, diga lo que diga, cada vez que habla y habla, sigue siendo la de la ruptura, el enfrentamiento, y las recriminaciones infinitas? Lo cierto es que dejó de ser aquello que la sociedad aprobaba y sus índices de aprobación, y con ello la efímera fortaleza política que había construido, empezaron a ceder. No ser fiel a uno mismo suele ser una mala receta para sobrellevar la vida.

Y en medio de ese vendaval, apareció la foto del cumpleaños, la peor imagen de Fernández, el contraste absoluto con aquel de los mejores momentos. Es cierto que Elisa Carrió celebró su propio cumpleaños rodeada de los líderes de la oposición. Y que Horacio Rodriguez Larreta viajó en avioneta privada a Brasil en medio de la pandemia. Y que María Eugenia Vidal participó de un asado multicontagioso. Y que Mauricio Macri saboteó cada una de las medidas sanitarias que recomendaban incluso los especialistas de su propio partido. Otra de las miradas perezosas del drama argentino suele sostener que todos los problemas de un país llevan el nombre de su Presidente. No es así. Hubo muchas fotos, no una sola y eso revela que los problemas de la política exceden a un Presidente o a un solo sector político. Pero un Presidente es un Presidente.

Fernández fue -¿es?- la expresión de una idea: el peronismo unido jamás será vencido. En el 2019 demostró que esa idea, en aquel contexto, funcionaba. En estas horas esa idea será puesta a prueba por segunda vez. Tal vez el peronismo unido no sea invencible, tal vez depende de lo que haga: ¿o no fue derrotado ya en 1983, en 1999 y en 2009?

Con todo el drama que tiene el veredicto de esta noche, cualquiera que mire la historia sabe que las elecciones de medio término raramente anticipan el resultado de las presidenciales siguientes. El hombre de las ojeras, si gana, puede perder en dos años. Y si pierde, puede ganar. Pero para tener otra chance, su Gobierno deberá expresar una mínima congruencia especialmente en el área económica. De lo contrario, esta misma noche habrá empezado una cuenta regresiva insoportable para Fernández, para sus ojeras, pero sobre todo para la población de un país que, en un momento, en un efímero instante, fue liderada por él.

Por lo pronto, esta misma noche, el Presidente de las ojeras se sentará frente a los resultados y sabrá algo muy relevante acerca de su destino.

¿Ya está muerto o esa idea solo es una expresión de deseos de quienes lo odian desde fuera pero, sobre todo, desde dentro del Gobierno? (Infobae)