“VOLVÍ A NACER CUANDO PUDE DECIR QUE ME GUSTABAN LAS CHICAS”

La actual secretaria de la Mujer, Diversidad e Igualdad de San Luis tiene 32 años y se sale del protocolo con sus tatuajes, mochilas y borceguíes. Cuando descubrió que le gustaban las chicas, empezó a respirar. Tuvo una infancia en la que cenaba maté cocido y ahora valora más el esfuerzo de su mamá para sacarla adelante. Siente que enfrentar el odio y los prejuicios la hicieron más fuerte y espera que el Encuentro Plurinacional, en octubre, sea transformador

A través de un largo reportaje autoría de Luciana Peker, Ayelén Mazzina accedió a una entrevista a fondo, en la que se muestra tal cual es, en el sitio digital de noticias en español más leído del mundo: Infobae.com

Podría haberse escondido para hacer lo que hicieron los hombres: decir una cosa y hacer otra; podría disfrazarse con tacones que la bajaban de sus elecciones y la subirían al imaginario de lo que se espera de una mujer con poder; podría haber seguido de novia con un chico para hacer lo que querían hacer de ella; podría darle el gusto a su familia y casarse de blanco, bueh, con casarse ya estaba (aunque no estaba sí es que se puede casar con quien elige y no con los muñequitos de torta que tiran de las cintas para que las mujeres sean títeres de los mandatos ajenos); podría no mostrarse para no confrontar en su carrera política o pasar inadvertida. Pero ella decidió jugarse por su deseo y hacer, además, que el deseo sea parte del juego democrático. Por eso, no solo es distinta, sino que elige serlo.

Ayelén Mazzina Guiñazú es la Secretaria de Estado de la Mujer, Diversidad e Igualdad de San Luis. Ella ocupa el cargo equivalente al de Ministra, con 32 años, un look punk-rock en el que la cartera es reemplazada por una mochila negra de goma y los sacos de formol por pantalones de cuero o trajecitos enteros, pero de rojo furia. No hay perlas, sino un pearcing en la naríz. No pasa inadvertida. No es una más. Y no quiere pasar, sino transformar. “Hoy soy Secretaria de Estado pero no dejo de ser La Aye, cumbiera intelectual me dijeron una vez y me encantó. Me encanta seguir siendo La Aye”, destaca. Su nombre no lleva protocolos. “Me da risa cuando en reuniones dicen ‘La Aye’ y al lado hay un ministro y a él le dicen ‘ministro’. Y ahí me doy cuenta como cuesta aún la cuestión de los estereotipos, edad y género”, sostiene.

El 12 de diciembre del 2019 asumió el cargo, pero sin las cargas tradicionales y el perfume a señora que viene de la peluquería que exigía el protocolo clásico femenino. “Cuando llegué a la secretaria lo primero que hice fue salir a saludar a todas las empleadas y los empleados. Una me saluda al pasar y se vuelve me hace el comentario “esperaba otra cosa” y sonriendo le contesté “claro, vos esperabas el traje, tapado y los ruidos de tacos. Nos reímos y nos abrazamos. Le dije: “Esta soy yo y no habrá tacos, ni tapados de señora al menos lo que dure la juventud”. La juventud le dura y camina con borceguíes, botas o zapatillas en la cárcel de San Luis (a donde sostiene el proyecto pabellón violeta y come con las presas mientras escucha sus historias de vida) o se preocupa por las chicas que se acercan a contarle sus historias mientras hacen deportes, entrenan o pasean en una provincia que es turística, pero que esconde las penurias y las potencias de las que ya no se quieren esconder.

No le pidan tacos, pero pueden descubrir sus tatuajes. Tiene un arcoíris en el pie que comparte con dos amigos como código de amistad diversa. Y un lema que lleva en el brazo “Siempre es hoy”. La piel es su libro y otro mantra que la acompaña cuando se despierta y acuesta es “Ama, sueña, vive”. En los tobillos no la doblegan, pero si la buscan, la encuentran en otra de sus frases de cabecera “Se tu mismx”. Su hermana adolescente acapara su atención, su amor, sus regalos de animé y su nombre en su piel: “Martina”. Ella no está partida, pero tienen que juntarse los dos brazos para que el amor se componga de las piezas que a veces se rompen y a veces se encuentran. En un brazo dice “lo” y, en el otro, “ve”. “Love” cuando se produce el milagro. Y tiene un infinito en el cuello. Las que bajan hasta su cintura se pueden encontrar con su estrella. En su espalda un homenaje a sus abuelos “Siempre estarán en mi corazón”. Para las que suben hay otra estrella de seis puntas en el cuello. El cielo de su cuerpo prefiere decir que enmudecerse blanqueado.

“Siempre sentí que no pertenecía a este mundo, que era rara, que no era normal, que pensaba diferente”, se repasa. El sábado a la noche baila y trabaja 24×7 sin horarios, aunque se ilumina de noche, tal vez porque la noche la iluminó a ella. Una noche descubrió que le gustaban las chicas y su vida se encendió de amores, deseos y libertades. No quiere solo ser libre, quiere que pueden ser libres todas. Se define amante de las causas justas y atravesada por el feminismo desde piba. “Me encantaba salir, bailar, reírme y disfrutar la vida. Si en ese momento me hubiera preguntado si bailar y gobernar eran compatibles seguramente hubiera dicho que no. Pero ahora creo que tenemos que gobernar sin olvidarnos de la edad que tenemos, sin distanciarnos de la gente y sin secarnos por dentro”, apunta.

En su historia sus abuelos fueron fundamentales: “Tengo firmeza y seguridad de los valores y el amor que me brindaron mis abuelxs (Nelly y Alberto), mi madre (Betty), mi papá biológico (Gustavo) y mi papá del corazón (Mauri). Eso me dio fuerzas para salir a la vida de otra manera. Con muchos miedos porque la sociedad aún hoy es compleja”, reconoce. Ayelén no tenía lo que quería, sino que tenía lo que había. Pero hoy valora que en su crianza hubo más amor que dinero. “Había mate cocido por las noches, galletitas con mortadela, la infaltable sopa y el amor de mi mamá haciéndome creer que era riquísimo”, recuerda.

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