Yo, el PEOR de todos

Por Eduardo Gargiulo

 

 

Así se debe sentir por estas horas Gilberto Bongiovanni (35), transformado en exclusivo responsable de la derrota frente al Covid.

“Vamos ganando, fuerza San Luis”, se despedía cada noche el gobernador, luego de su habitual reporte. A los más memoriosos les evocaba el “Vamos ganando, que se venga el  Principito” (Galtieri dixit). Patriotismo al palo. Todos juntos podemos. Ya casi lo lográbamos. Hasta el turismo se habilitaba. Pero apareció este Gil-berto y nos escupió el asado.

Pocas veces como este sábado 4 de julio se liberaron en San Luis tantos demonios juntos de odio y resentimiento, alimentando por miles las diferentes redes sociales, para crucificar a este irresponsable tilisaroense que justo se agarró el Covid.

Desazón, frustración, bronca, tristeza, fueron algunos de los ingredientes que caracterizaron el sentimiento colectivo, al confirmarse la aparición de un caso positivo. Inmediatamente el nombre y numerosas fotografías del culpable comenzaron a circular en los diferentes grupos de whatsapp, acompañado de calificativos condenatorios. Que se replicaron en Facebook, Twitter, Instagram. Todos tenían la posta: estuvo en Quines comiendo un asado, va foto. Otro: juntada en Juana Koslay. Parrilla en Villa Mercedes. Estuvo en Nueva Galia. Viajó a San Juan sin autorización. Sí, pero dicen que se contagió en un pueblito de Traslasierra, donde se escapó para vender queso. Lo autorizó Albertito, son amigos, miralos abrazados…

La vida tiene giros imprevisibles. Todo puede cambiar en un minuto. De ser un joven feliz y sociable, propietario de un tambo, próspero comerciante de productos lácteos, con novia y amigos en toda la provincia, Gil-berto se convirtió en el ser más repudiable e impopular de San Luis. Se lo merece, por jodernos la vida, justifican muchos, convencidos de su adhesión a la sentencia dictada por el irascible jurado popular que es la opinión pública.

Apenas concluía de transmitir la “triste” noticia el gobernador, cuando la comisaría de Tilisarao recibía un llamado anónimo dando cuenta que un grupo de personas se estaba organizando con la intención de incendiar la casa del enfermo. Estallaba la ira. Ya que no se podía matar al apestoso, internado y con custodia en el hospital de Merlo, quememos su vivienda para matar la peste. Locura total.

Gil-berto, mientras tanto, seguía  con angustia las noticias desde el nosocomio, donde su teléfono no dejaba de sonar. Entre los llamados de algunos familiares y amigos que le expresaban su apoyo, se mezclaban agresivos mensajes de whastsapp, algunos de tono intimidatorio, e incluso llamados de radios de toda la provincia que privilegiaron la primicia por sobre el respeto a la privacidad.

A partir de la difusión extraoficial de su nombre y fotografía, cientos de llamados se sucedieron en el Comité de Crisis y en los hospitales, por parte de gente angustiada que reclamaba el urgente hisopado, por haber compartido algún espacio con el infectado. En menos de una hora se colapsaron las líneas, los llamados provenían de localidades de toda la provincia, porque el próspero comerciante encima es laburador y anduvo por todos lados con sus putos quesos. Es para matarlo. Mirá, mirá, no tiene barbijo, y los boludos que lo rodean tampoco.

Acechado, sintiéndose prófugo del pelotón de fusilamiento, desde Fiscalía de Estado y la propia justicia lo presionaban para que aprobara la difusión de su identidad. Casi como declarar su culpabilidad. Ya que cometiste el crimen, por lo menos confesá, infeliz (debe haberlo sentido). Como para no dudar de estampar su firma en el acta, sabiendo que firmaba su propia sentencia. Que ya estaba redactada de antemano, en ausencia de abogado defensor y carente de atenuantes para reducir la pena. No señor, pena capital, se lo ganó. Hay que darle algo más a la jauría: apurá la confesión, hagámosla corta.

Domingo 5. La presión surtió efecto. La justicia informa oficialmente el nombre del culpable. Confesó por fin. Era el tal Gil-berto Bongiovanni, como ya todos sabían. No es novedad, pero al menos tuvo el decoro de facilitar la oficialización de la noticia.

Imposible avizorar lo que se viene. Los más alarmistas presagian decenas de contagios. Los optimistas minimizan el daño. Miles de comerciantes y emprendedores que intentaban recuperar el ánimo cayeron en la depresión. Los equipos de salud no tienen descanso. La dinámica social otra vez entra en modo aislamiento. Otra vez las salidas condicionadas al DNI. Bajón total.

La carnicería sigue. La justicia lo autorizó. Los que antes no se animaban a reenviar los mensajes ahora lo hacen. Algunos con buenas intenciones, para alertar a otros. Muchos, para extraer la crotoxina acumulada. Quién más, quien menos, una amplia mayoría se sintió libre de culpa y cargo para arrojar piedras. Ignorando aquello de consolar al enfermo o ayudar al más débil. No, esto es otra cosa, el tipo nos cagó a todos, responden alienados por la bronca. Cegados de odio por la derrota, justo por el gol en contra de este inútil al minuto 49. Similar escarnio padeció también el villamercedino Félix Novillo, ¿se acuerdan? Otro que le dio la desfachatez de enfermarse.

¿Tan seguros están todos que lo ocurrido a Gil-berto no le pudo pasar a cualquiera? Ese día que nos juntamos más de diez. O cuando fuimos a comprar y nos olvidamos el barbijo. Aquella vez que volví del súper y no me lavé las manos. O cuando me atendió el verdulero, que estuvo en Mendoza, y tosió en la caja. O cuando compartí el mate ….

Para muchos, esta pandemia ha sacado lo mejor y lo peor de nosotros. Ojalá algún día Gil-berto vuelva a ser Gilberto Bongiovanni. Al fin y al cabo no mató a nadie.

Vaya uno a saber cómo recogerá la historia lo ocurrido este sábado. Tengo para mí que la efemérides nos avergonzaría: El Día que en San Luis Murió la Empatía.