20 julio, 2024

EXCLUSIVO: VIDELA ESTARÍA ENTERRADO EN EL TRAPICHE, DONDE NADIE NUNCA LO MOLESTÓ Y RECIBÍA LA HOSTIA

Por Eduardo Gargiulo

El dictador Jorge Rafael Videla fue encontrado muerto en el inodoro de su celda, en el penal de Marcos Paz, el 17 de mayo del 2013. Sus últimos 28 años habían sido un calvario, con algunos pocos buenos momentos, sobre todo durante sus visitas a la provincia de San Luis.

Sus problemas comenzaron con la llegada de la democracia y la promesa de Raúl Alfonsín de investigar a la dictadura militar que gobernó el país en el período 1976-1983. Fue así como en el Juicio a las Juntas de 1985, fue condenado a la pena de reclusión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua como autor de 469 crímenes de lesa humanidad (66 homicidios, 306 secuestros, 97 torturas y 26 robos).

Sin embargo, en 1990 recibió el indulto del presidente Carlos Saúl Menem, y desde entonces retomó la costumbre de venir a veranear a San Luis. Más precisamente, a la casona paterna ubicada en la localidad de El Trapiche, a 39 km de la ciudad capital. Una propiedad de dos plantas, frente al rio homónimo.

Llegaba siempre en permanente compañía de su esposa, Alicia Raquel Hartridge. Aquel que fuera la cara más visible de la feroz dictadura militar, encontraba en esta localidad la paz que se le negaba en otras urbes. Junto con su esposa, podía caminar tranquilo por sus calles y sentarse a tomar mates viendo los turistas disfrutar del rio. Algunos de sus vecinos, medio cholulos ellos, pasaban por su casa cuando lo veían barriendo la vereda, solo para saludarlo y verlo de cerca.

Como buen católico practicante, asistía cada domingo a misa. Caminaba unos escasos 500 metros, cruzaba el rio y llegaba a la iglesia del pueblo, donde se saludaba amistosamente con el cura. Luego se sentaba en la primera fila y esperaba el momento para recibir la Comunión. Lo que se dice, un vecino ejemplar.

“El teniente general aquí nunca molestó a nadie, era un hombre muy amable y sencillo”, lo describe por su rango un lugareño, con cierta admiración despojada de reproches por su ominoso pasado.

Durante enero y febrero Videla se instalaba en esta bella localidad de poco más de 3.000 habitantes y ocasionalmente se trasladaba a la ciudad Capital para visitar a la mayor de sus 7 hijos, María Cristina (75), casada con Francisco Adaro, empresario ganadero y veterinario, copropietaria del Instituto Causay, voz quechua que significa “vida”.

Además de visitar a sus cinco nietos el dictador no se privaba, cada tanto, de asistir a algún que otro homenaje que se le organizaba. Generalmente en algún campo cercano, con selectos invitados a quienes rogaban absoluta discreción.

Un memorioso de aquella época recuerda que su abuelo le contaba que habitualmente Videla solía concurrir a cortarse el cabello a una peluquería de calle Belgrano, en la ciudad de San Luis. “Se había hecho muy amigo del peluquero, porque éste ya le conocía los gustos. Quería conservar el corte militar y le gustaba conversar y tomar unos mates antes de irse”.

NUEVAS DETENCIONES

Los tranquilos días entre Buenos Aires y El Trapiche se interrumpieron en junio de 1998, cuando nuevamente fue detenido tras la resolución del juez Roberto Marquevich, quien lo acusó por apropiación de menores durante la última dictadura cívico-militar.

No  obstante, después de pasar 38 días preso, la Cámara Federal de San Martín, con la firma de los jueces Hugo Rodolfo Fossati y Francisco Juan Lugones, le concedió el beneficio del arresto domiciliario en atención a su edad.

Pero los indultos del ex presidente Carlos Menem fueron declarados nulo de nulidad absoluta en 2006. El 10 de octubre de 2008 Videla perdió el beneficio de la detención domiciliaria en su piso del barrio porteño de Belgrano, y fue trasladado a la cárcel que funciona en Campo de Mayo, la principal base militar del país.

Estuvo encarcelado en la base militar de Campo de Mayo desde octubre de ese año hasta junio de 2012, cuando fue trasladado a la cárcel de Marcos Paz.​ El 22 de diciembre de 2010 había sido otra vez condenado a prisión perpetua en cárcel común por el caso de los fusilamientos en la Unidad Penitenciaria 1 de San Martín, conocido como UP1. Como si fuera poco, el 5 de julio de 2012 recibió otra condena, esta vez a cincuenta años de prisión, por los delitos de “sustracción, retención, ocultamiento y hacer incierto el estado civil de 20 menores de 10 años”.

“EL DESAPARECIDO NO ESTÁ MUERTO NI VIVO”

Hasta el día de su muerte, Videla justificó el terrorismo de Estado​ que impuso en Argentina a partir del 24 de marzo de 1976, cuando encabezó junto a Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti la Junta Militar del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Videla en 1977 había declarado: “En toda guerra hay personas que sobreviven, otras que quedan incapacitadas, otras que mueren y otras que desaparecen. Argentina está finalizando esta guerra y, consiguientemente, debe estar preparada para afrontar sus consecuencias. La desaparición de algunas personas es una consecuencia no deseada de esta guerra”.

El 6 de septiembre de 1979 llegó a la Argentina una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que durante dos semanas entrevistó a personalidades de la política y la cultura y a miembros del gobierno, al tiempo de recibir denuncias de familiares de detenidos desaparecidos por violaciones a los derechos humanos.

Además de otras muchas consideraciones, el informe de la CIDH afirmó «que por acción u omisión de las autoridades públicas y sus agentes, en la Argentina se cometieron durante el período 1975-1979 numerosas y graves violaciones de fundamentales derechos humanos».

Después que partiera la Comisión, el 14 de diciembre de 1979, el periodista José Ignacio López, entonces cronista del diario Clarín, le preguntó a Videla en una conferencia de prensa si el gobierno tenía alguna medida a estudio acerca de las denuncias que se habían realizado sobre desaparecidos y respondió: “Le diré que frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo… Está desaparecido”.

LA MUERTE Y EL ENIGMA DE SU TUMBA

Según el parte médico del Penal de Marcos Paz, Jorge Rafael Videla falleció a las 6:25 de la mañana del 17 de mayo de 2013, a la edad de 87 años, por un paro cardiorrespiratorio, caracterizado en el parte médico como muerte natural.

El exdictador fue encontrado sentado en un inodoro del penal sin pulso ni respiración.

Las crónicas de la época, hace más de una década, marcan que su entierro causó fuertes repudios en su pueblo natal, Mercedes, ya que tras anunciar que sería enterrado allí los propios vecinos y grupos activistas por los derechos humanos colgaron carteles en el acceso al cementerio con los nombres de los veintidós desaparecidos que tuvo esa ciudad durante el régimen militar que presidió.

Videla ya era persona no grata en Mercedes desde 1998, cuando el Concejo Deliberante por unanimidad votó esa declaración juzgándole indeseable.

Los diarios Clarín y Perfil, entre tantos otros, aseguraron que finalmente fue sepultado en secreto en un cementerio de Pilar.

El matutino más importante del país, informó en 2015: “A dos años de la muerte de Jorge Rafael Videla, su familia espera que esta semana la Justicia otorgue el permiso para cremar sus restos. Todo este tiempo, su cadáver se mantuvo oculto en una parcela ajena y bajo una lápida con otro nombre. Después de seis días de trámites funerarios, tres negativas de cementerios privados, una autopsia y una protesta popular en Mercedes para evitar que el ex presidente de facto fuese enterrado en el cementerio del pueblo, la familia pudo sepultar sus restos en una tumba anónima, en el Parque Memorial de Pilar. La ceremonia se realizó sin pompas fúnebres, sin honores y con una inusual rapidez. Su viuda, Alicia Hartridge, estuvo acompañada por menos de diez personas”.

Vista del cementerio Memorial de Pilar, tras la muerte de Videla.

El hermetismo era justificado: todos temían que si se conocía el lugar exacto, pudieran producirse actos de vandalismo.

Transcurrieron seis años y el enigma del lugar donde se encuentran los restos de Videla resurgieron, ante la falta de precisiones y las contradicciones de sus allegados, entre ellas su propia esposa.

Fue el 5 de noviembre de 2021, cuando el diario Página 12 informó: “Alicia Raquel Hartridge Lacoste de Videla, viuda del dictador y máximo jefe del genocidio de entre 1976 y 1983, murió a los 94 años. Estuvo casada con Jorge Rafael Videla, tuvo con él siete hijos y fue su férrea compañera y defensora cuando fue varias veces juzgado y condenado por los crímenes de lesa humanidad que cometió”.

La noticia del fallecimiento de la esposa de Videla fue dada a conocer en los avisos fúnebres de La Nación, “el diario más cercano a la dictadura cívico-militar y frecuente defensor de los represores enjuiciados”.

“Yo voy a misa y rezo por él todas las noches, eso es lo principal”, dijo Hartridge durante su última entrevista al ser consultada sobre la ubicación de la tumba de su ex marido, que ella dijo desconocer pero que admitió que estaba en un cementerio de Pilar. ¿Cómo que desconocía? ¿Acaso Clarín no había informado que había participado de la pompa fúnebre junto a otras 10 personas?

En la misma nota, admitía que ella no volvió a visitar la tumba presuntamente ubicada en Pilar. “No me importa, porque si vas allí lo único que vas a poder ver es un poco de pasto. Yo no veo nada. Nosotros teníamos una bóveda y no lo pudimos poner allí. Yo estaba acostumbrada a eso. A esto no estoy acostumbrada”, dijo a la agencia española EFE.

Extraña respuesta en alguien tan católica, eso de no visitar la tumba de su afecto más cercano, con quien estuvo casada durante 65 años. Salvo que tuviera certeza de que, en realidad, no se encontraba sepultado donde dicen que estaba.

ORIGEN

Jorge Rafael Videla era descendiente de una tradicional familia de la provincia de San Luis, afincada en la zona de Nogolí, en el Departamento Belgrano, con importantes ramificaciones en Mendoza, San Juan y Chile. Muchos de sus antepasados tuvieron destacadas actuaciones políticas, como su tatarabuelo Blas Videla, líder del Partido Unitario, y su abuelo Jacinto Videla Poblet, gobernador de San Luis entre 1891 y 1893.

El abuelo del ex presidente de facto fue derrocado por la revolución radical dirigida por su primo hermano Teófilo Saá (antepasado de los Rodríguez Saá),​ que asumió el gobierno, y Videla fue llevado a prisión.

“Luego fue liberado, pero en ese momento tener el apellido Videla constituía un gran riesgo, por eso sus hijos resolvieron emigrar. La gran mayoría a Buenos Aires, por eso Jorge Videla nace en Mercedes, en esa provincia. Otros se fueron a Mendoza o San Juan”, acota un conocedor del tema.

Es decir, las raíces ancestrales del dictador están en suelo puntano. Y también afectivas: de hecho, a su esposa, Alicia Raquel Hartridge Lacoste, la conoció en El Trapiche. Y su hija mayor, María Cristina, vive en San Luis.

Videla y su esposa Alicia.

La mujer cobró notoriedad dos semanas después de la muerte de su padre, cuando fue vista manejando un Falcon Ghia 83 color verde (patente XGQ 884, inscripto a nombre de su esposo, Francisco Adaro). Un auto similar a los modelos utilizados por la dictadura. Algunos medios interpretaron que lo hizo “a modo de reivindicación”.

“VIDELA ESTÁ EN EL TRAPICHE”

Ante tantas idas y vueltas sobre la tumba del ex dictador, el tema se transformó en un verdadero enigma mortuorio.

Apuntes de San Luis pudo corroborar, a través de distintas fuentes, que en realidad los restos de Jorge Rafael Videla descansarían en el humilde cementerio de la localidad de El Trapiche.

“Me acuerdo perfectamente el kilombo que se armó cuando se murió porque ningún cementerio lo quería recibir. Imaginate, saltaban los organismos de derechos humanos y amenazaban con quemar todo. Si lo permitían, siempre iba a existir el riesgo que vandalizaran la tumba. Además se quejaban los familiares de los otros deudos, que tampoco querían, porque siempre se iba a armar despelote”, dijo un testigo de aquellos días, a cambio de reserva de identidad.

Lo cierto es que habría sido María Cristina y sus hijos, con acuerdo de su madre, la que propuso traer el cuerpo a San Luis. Todo se hizo bajo un estricto operativo de seguridad y en absoluto secreto.

Primero tuvieron que obtener el visto bueno municipal. La intendenta de El Trapiche era en esos momentos Gabriela Ciccarone, quien había asumido en diciembre de 2011.

“Hubo gestiones de dirigentes muy renombrados, ligados al PJ y que incluso hoy están en el gobierno, que intercedieron para que se pudiera hacer todo en el mayor de los sigilos. Lo trajeron y está en un mausoleo que no tiene fecha ni nombre, pero no te sabría decir cuál es”.

Dos fuentes acompañaron la recorrida por el cementerio, donde efectivamente pudieron observarse varios panteones de excelente terminación y en muy buen estado, pero que carecen de toda denominación. Son NN.

– Pero los principales medios informaron que fue enterrado en Pilar.

– Y sí, ¿qué querés que digan? Esa es la versión que dio Clarín y después todos la repitieron. ¿Vos viste alguna foto?

– No.

– ¿No te parece raro que Pilar lo haya aceptado, sabiendo que eso le podría traer problemas toda la vida? Hasta se comieron varias protestas vecinales. Nada que ver, no está allí. Ellos hacen negocio, no tienen ideología. Olvidate, está aquí, pero nunca te lo van a reconocer. Al contrario, capaz que te salgan a desmentir. Nadie se quiere quemar…

Panteones sin identificación, en el Cementerio Municipal de El Trapiche.

Sin dudas, se trata de una de esas noticias complicadas de chequear. Las fuentes directas se cierran: los familiares, obviamente, no hablan; el acceso a documentación fidedigna es imposible; los funcionarios que podrían informar lo niegan para no comprar problemas.

La aseveración de las fuentes, sin embargo, no suena descabellada. Al fin y al cabo El Trapiche fue el único lugar donde Videla encontró cierta paz y reconocimiento. Sus raíces estaban en esta provincia, aquí conoció su esposa, disfrutó algunos de sus nietos, iba a misa y sin necesidad de confesión recibía la  sagrada hostia. ¿Por qué no pensar que éste era el mejor lugar donde asegurarle el descanso eterno?

La tumba de Videla parece tener el mismo destino que el término que usó el propio Videla para negar las muertes. Para muchos, es mejor que siga desaparecida.

 

 

 

 

 

 

 

 

About Author